LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
AHORA TÚ PASAS...
Ahora tú pasas lejos, a lo largo de las cruces
del laberinto,
a lo largo de las noches lluviosas que yo me
enciendo
en la oscuridad de las pupilas,
tú, ya sin niña que disperse las voces…
Calles que la inocencia quiere ignorar y arde
de ofrecer, cerrada y desnuda, ¡sin párpados o
labios!
Puesto que donde tú pasas es Samarcanda,
y disuelven los silencios, alfombras de
respiraciones,
consumen los granos del ansia
y atento: entre piedra y piedra corre un hilo de
sangre,
allí donde llega tu pie.
VITTORIA GUERRINI (Cristina Campo), Italia
(Bolonia, Italia, 1923/Roma, Italia, 1977
CANCIÓN
PARA SALUDAR AL SOL
Desnudo,
con las manos en alto,
Te saludo.
Con gritos de flores,
y suspiros de hierbas,
te saludo.
Como el joven gallo
de cresta morada que presiente
tu marea en la sombra,
te saludo.
Con la voz,
con el pulso,
con el yo,
desde el nudo
de serpientes azules
y escarlatas
donde surge la sangre,
te saludo.
Como un pájaro ciego,
te saludo.
Como una cigarra moribunda,
te saludo.
Como un viejo lagarto,
y una hoja reciente,
te saludo.
Habitado de semen,
sumergido en el polen,
te saludo.
Con relincho
y susurro,
por el potro y la abeja,
te saludo.
Llovido de lágrimas,
alegre,
vencedor de la niebla,
joven,
puro,
percutiendo tambores,
te saludo.
Como el niño que corre
por túneles oscuros
horadando la noche con las
uñas,
te saludo.
Con la piel,
te saludo;
con cada cabello,
te saludo;
con las vísceras todas
te saludo.
Solitario,
desnudo,
masculino,
da pie en la colina
te saludo.
ANTONIO ESTEBAN AGÜERO - San Luis, Argentina
VOCES
De niño mi madre me
decía que las voces no desaparecen, que flotan en el cielo, que solo los poetas
podían escucharlas y recogerlas. Que las voces del pasado se escuchan en el
bosque encantado o en soledad. O en los manteles flameados de los hoteles de
extravagantes ciudades.
También contaba que
podían llegar con las olas, al caer la tarde, en la fugacidad de la nostalgia,
cuando las sirenas regresan de despertar a los marinos ahogados. O en el alba,
junto a la rosa azul de Novalis. Mi madre me enseñó a sentir las voces de
los pastores en las caracolas donde reinan muchísimas estrellas y el desvelo
del primer pájaro. Ella me dijo que el amor llegaría en una voz insomne, que
tendría la invisibilidad del rocío, la belleza y la divinidad de las magnolias,
la dicha y la ternura de la ofrenda. Y una adolescente me nombro en el lecho,
en la insolencia de sus caderas by
También
mi madre me hablo de los secretos, de los aromas que se juntan
-irremediablemente- en sus cosmogonías. Del cansancio, de la fatalidad, de la insurrección. Aprendí a
habitarlas, a sentir cuando el viento tañe su espejismo. Fui remontando en
ellas la alegría y el milagro de la vida, el amor que nos vuelve a la
melancolía, al ardor de las miradas ausentes. Y a las lluvias de un crepúsculo
mágico junto a las nomeolvides.
Ella me contaba que
en su pueblo se buscaban con un candil, tanteando el sueño envuelto de los que
invocan el alma. “Las voces vuelan, me susurro en lengua amanecida, y
ahora están en la pampa, inmersas en la nostalgia de la muerte.”
Así fui buscando la
dignidad y el orgullo de los abuelos. Sus voces bendecían mi corazón sin que yo
lo supiese. Poco a poco las voces son más diáfanas, más nítidas. Me cantan al
oído, rebosantes, me descubren manos nobles y callosas. Soy como un niño cuando
vienen a mi. Me siento rodeado de reyes, de una tierna candidez casi olvidada.
Me alejan de la demencia y la maldad, del infortunio. Me besan, cede mi cabeza
en una extraña hilaza que me asedia. Llaman desde el rumor. Embellecidas,
humildes, vanamente sibilantes. El aire entumece lo angélico, la entonación
primitiva. Sutiles, extremas, inaccesibles. Dentro y fuera de mi entendimiento.
Escucho sus
rituales, la confidente gracia que resucita el tacto. Estremecido. En estas
voces bebo los efímeros días que mecen hechizos. Oh, poema y rosa del desorden!
Oh, voz vagabunda en el Jardín de Acracia, en la morada del silencio y la
palabra!
CARLOS
PENELAS – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
EL ESPÍRITU
NUEVO
Microrrelato de Leopoldo Lugones
En un barrio mal afamado de Jafa, cierto discípulo
anónimo de Jesús disputaba con las cortesanas.
—La Magdalena se ha enamorado del rabí —dijo una.
—Su amor es divino —replicó el hombre.
— ¿Divino?… ¿Me negarás que adora sus cabellos
blondos, sus ojos profundos, su sangre real, su saber misterioso, su dominio
sobre las gentes; su belleza, en fin?
—No cabe duda; pero lo ama sin esperanza, y por
esto es divino su amor.
LEOPOLDO
LUGONES – Córdoba, Argentina
EL BARQUITO
Como encargada de la administración de la empresa donde
trabajaba tenía como misión, además de muchas otras, de ir a recoger el importe semanal para pagar a las esposas de los montadores de las máquinas que durante varios meses estaban efectuando su labor en cualquier parte del mundo.
El señor que me recibió, me hizo pasar a su despacho, una sala en donde las paredes eran en realidad una enorme biblioteca aunque lo que más me sorprendió, fue ver sobre una mesa, casi en el centro de la habitación, un acuario, pero sin agua, mejor dicho una botella, sin agua y en el centro de la misma, un pequeño barco, con sus velas, una diosa griega en la proa, redondeada la popa. Mientras esperaba que el Sr. Tomás sacara el dinero de la caja fuerte, yo me preguntaba como era posible hacer un barquito tan pequeño, tan perfecto, tan hermoso dentro de una botella, cuando el cuello de esta botella era estrecho, por allí no podía caber casi nada.
.-Sí, me llevó mucho tiempo – me dijo al observar la forma en que miraba aquella bella obra – pues para poder colocar cada pajita e ir montando ese barquito, me costó lo suyo, vaya que si! No dije nada, pero me abrió a una reflexión muy importante y es que muchas veces menospreciamos a las personas que no responden al esquema social que nos domina, y poco reparamos en que hay personas que consideramos insignificantes, pero cuando intentamos ir más allá de lo “socialmente correcto” como se suele decir, descubrimos un mundo sumamente importante de personas que llevan una vida interior muy rica y creativa, un mundo que les ayuda a sobrellevar los desencantos, los problemas, los inconvenientes, así como un tubo de escape.Y en estos tiempos de desencantos, tan largos, que los podemos dividir por varios más, descubrimos el inmenso sentir creativo de muchas personas y me pregunto si no será que todos llevamos dentro, una parte artística que desconocemos.
SALOMÉ MOLTÓ – Alcoy,
Alicante, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
foto flavia Revagliatti
CONATO DE ANALOGÍA
Cómo orbitar a la mujer y no perder la Luna en el intento
Simón Esain
A
mediados del S. XX algunos muchachos aprendimos qué es orbitar, qué sería un
satélite y qué es lo artificial. Y algunos otros muchachos aprendieron
psicología. La mujer ya estaba alta ante nuestro deseo, una mitológica Luna
irresistible para nuestra cohetería en ciernes.
De
algún modo descubrimos que unas fuerzas entran en pugna para que un satélite
alcance su órbita y se mantenga en ella, tanto como pretendiéramos cuando
pretendíamos acariciarnos contra la anhelada. Cualquiera fuera el modo,
pasábamos a preguntarnos de cuántas vueltas requiere una mujer. ¿Y de algunas
volteretas? ¿Y qué pasa cuando ella te da vuelta? ¿O cuando se desenrosca? O
peor, ¿cuando se desenvuelve?
De
esto no enseñaban mucho los tangos que llegaban vivos a aquella época. Hablaban
de no ovillarse, de desenvoltura, nada de amar desorbitadamente, esa cualidad
sólo apreciada en la flamante escuela de aspirantes a astronautas.
Un
tanguero Revagliatti se lo dice de entrada, diseñando un portal: ella y yo,
socios de una aventura poética, limítrofe, liquidatoria.
Caía
bien la psicología al corazón de una ciudad obsedida por la conquista, una otra
conquista, la de acá y hasta acá, había sido y sería remedo callejero, propia
de patios y veredas, baile nocturno y versos populares.
Era
típico de los primeros satélites que se enroscaran y enroscaran hasta reventar.
Nuestra generación ignoraba a qué altura había que colocarse para nunca caer.
Si la
Luna es irresistible ¿por qué nos era tan injustamente complicado llegar a
ella? Hasta a lo largo de una década entera había mucho que aprender para poder
estudiarlo. Con cuánto intento y cuánto fracaso. Cuánto proyecto desechado.
Cuánto de muchachada insaciable en esta conquista del espacio. Cuánto de simple
muchachada al mirarse en el espejo de la Luna y creerselá. Si no se trata de
llegar a la Luna, poco vale la pena. Y si se trata de llegar a ella, lo que sea
resulta necesario, en Cabo Cañaveral o acá. De cara a ella, el poeta se ofrece
voluntario para la conquista; sueña lograr ilusionarla con un hombre, con que
el máximo aventurero la haga soñar mirando de cerca las baldosas.
Día
tras día, kilómetro a kilómetro, nos fuimos enterando de cuánto sucede
alrededor de la base de lanzamiento, proyecto ambicioso siempre listo y
argollas orbitales a diversas alturas y velocidades. Lo previo a cualquier
lanzamiento es un laberinto de preparativos. El combustible que se descongela
impone su nota paradójica. Hacerte el nudo de la corbata y agregarte agua de
colonia equivale a que te calcen la escafandra, o dar unos nuevos pasos ya
conectado al tubo de oxígeno. El lanzamiento es un acontecimiento, sobre todo
en sí mismo, ese momento de furia, esa maldita eyaculación preconizada. Cada
aspirante es un toro que se pretende novio, que es un navío que llega y entra a
puerto, ¡y cómo festeja esa entrada! La órbita va estableciendo los rastros del
semental, y salpica y mancha. Sucede algo que es un montón de cosas
simultáneas, una nave en órbita con la humanidad abajo, los parientes próximos,
los interlocutores, los observadores, los calculadores, los escépticos, los de
enfrente. Y esa comunión allá arriba que nadie, salvo ellos mismos, puede atestiguar,
en la que todos se regodean. Porque todo era en equipo, pero a último momento
estás solo al tope de los trámites. Siempre te dejan solo frente a ella, tu
pretensión. Y Revagliatti nos recita la afamada cuenta invertida de los últimos
diez segundos, cargada con el racconto de éxitos y fracasos, como si cada vez
fuera del todo preliminar.
Los
candidatos a astronautas hacen fila. Los primeros entrenamientos los conducen a
soportar la soledad; los primeros trajes protegen del vacío, las primeras
mochilas ayudan a respirar. Borracheras, vómitos. Insomnios y desvelos para
convocar al sueño, al sueño de conquista. Cuánto de lance, cuánto de aquellas
justas cachetadas en estos poemas.
La
Tierra sueña con la Luna, ese tire y afloje que no te despierta. Sus puntos
neutros, equidistantes, equilibrantes y el punto de no retorno, el buscado
punto G.
Selene
es la amante perfecta porque no puede mandarse hacia atrás. Alta y desnuda, a
la vista de todo el mundo, así es la lejana, la inalcanzable. Orbitar ¿es otra
mujer? Orbitar ¿es femenino? Es muy femenino, pensará un flamante
psicoanalista.
Todos
los poemas son dichos, en primer lugar, a la Luna.
Pero
cuanto la Luna es, resulta que no es ella; más bien parece ser uno. Es
distancia, es imprecisión, es inexperiencia, es vaciedad, inseguridad,
precauciones, miedo a morir del peor modo: vivos en el alto abandono. Igual a
como ella flota, mientras suspiramos. ¿Flota? ¿Y si ya ha sufrido Selene ese pavoroso
abandono que amenaza al comedido espacial?
Pero,
en cuanto la mujer es, resulta que no es ella, no flota ni vuela, ni se queda
quieta para apuntar adónde darle. Los poemas de Infamélica exponen cada
circunstancia. Revagliatti es capaz hasta de pedirle que tengan una noche
ridícula, casi una lápida para la humanidad.
La
que ha sido mujer de astronauta orbita alrededor de su posible viudez. Mientras
tanto, en su gran espacio interior el astronauta no copula, comprimido. Se
prepara para atropellar (y sin quererlo) una sarta de elucubraciones medievales
a cuál más escandalosa y afamada. No copula porque va en procura de establecer
y alcanzar una ventana de lanzamiento. Se realizan y preservan los registros,
las tablas comparativas, la homologación; todo eso que acá arriba no es
orgásmico.
Aquel
teatro del embutido en su nave espacial no puede ser expandido al gran
escenario. Aquella almohada atormentada del que repasa sus cantidades no puede
ni debe ser expuesta bajo fanales. El relato es un susurro íntimo (poético)
bajo la escafandra. Al menos, podremos acceder a la versión legendaria del que
viajó a la conquista de Selene a bordo del diván. Los retortijones del
combustible que lo impulsa no sirven como música de fondo. En el intenso
silencio cósmico, códigos, escafandra y almohada son irreemplazables. En
Infamélica asistimos a varias amargas confesiones: caeremos.
Al
fin y al cabo, la famosa ella es una muerta de hambre, una posible paciente
más.
Dice
el poeta que dice el facultativo, que dice el astronauta:
No hay modo de conocerte
en el sentido de que no hay modo de atesorarte
si es que sólo accederé a conocerte
El
que llega a la Luna ¡cuánto descarna y puede! Cuánto apetito nos mata el
masticar a la blanca muerta de hambre. Cuán descarnados nos vuelven los
procedimientos del retorno desde el épico acontecimiento. Retornar a través de
los modos de describir una historia tan íntima.
La
única coherencia nos la dio el propósito. La sujeción al logro nos antepuso
hasta el agotamiento. Y todos llegaremos sin haber dejado de pelear por el
orden de prevalencia.
Ella…
ella ennegrecida (el éxito destruye, ennegrece al deseo), es ahora el objeto
poético de siempre, multiplicadas sus facetas por el desvelamiento de una sola.
Sobrepasadas las terapias, faces, fases y apogeos, deslumbrado el
alumbramiento, expuesto el tabú más inviolable. Porque la fuente de luz dispuso
que los hombres teman diluirse en tanto ella recupere su plenilunio.
Habrá
que seguir alzando la cabeza en la vereda, en la almohada o el diván. Revagliatti,
poeta alunado, obtiene este su tiempo suplementario, y presume en él:
Ya no me alcanza mi víctima
por más que corra
o vuele
hacia mí.
“Infamélica”, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 98 páginas, 2022
ROLANDO REVAGLIATTI – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA