VIVÍA EN UN MUNDO VIRTUAL
Vivía en un mundo virtual. Vivía en un mundo pequeñito, limitado por pixeles.
Su labor no sabía de festivos ni jornadas laborales de ocho horas. Conocía todos los secretos de la pantalla y un lenguaje que hubiera resultado incomprensible hace veinte años atrás. Se le exigía acceso directo para ejecutar con precisión los archivos y carpetas. El inglés era tan imprescindible como la electricidad que alimentaba su entorno conocido. El único árbol que había visto en su vida era la estructura de los directorios o carpetas de una PC, donde en vez de una raíz tuberosa o unas ramas cubiertas de hojas y flores, sólo hallaba archivos y más archivos.
Su otoño consistía en los documentos caducados que se enviaban a la papelera de reciclaje y su primavera se limitaba a la actualización de los programas antiguos (entiéndase como antiguos los de más de seis minutos de existencia) y la incorporación de nuevo software.
Casi siempre vagaba por las autopistas –redes de comunicación global- como el Internet, y se saturaba de información hasta el punto de padecer intensas indigestiones y desbordes mentales.
Solía tener rencillas con algún avatar, cada vez que un usuario se conectaba a un chat con capacidades gráficas. Esas diferentes identidades lo confundían y llegaban a acorralarlo en sus peores pesadillas.
Se mantenía en forma subiendo y bajando, cargando y descargando datos, correteando por la barra de herramientas, la de tareas y la del explorador. Necesitaba la energía necesaria para lidiar con tantos bytes como se le solicitaba, continuamente, segundo tras segundo.
¿Y su entretenimiento? No pasaba más allá de los ciberjuegos. Ocasionalmente, algún cibernauta le hablaba de otro mundo, un mundo no virtual. Un mundo que era sólo una minúscula partícula de un inabarcable universo.
Esto lo ponía triste. Todo lo había visto y aprendido: los más recónditos lugares de ese mundo los había virtualmente visitado, y sin embargo, no sabía qué se sentía al estar ensopado por la lluvia, ni había recibido nunca una caricia, un beso, un pequeño roce que le hiciera vibrar…
Todas las palabras de todos los idiomas, inventadas por los mejores y más productivos escritores -¡todas!-, podía repetirlas y reutilizarlas correctamente. Todas estaban en la memoria RAM.
Y, sin embargo, no conocía las cosquillas, ni había probado jamás nada que le permitiera comprobar que era verdad todo aquello que se decía del sabroso pulpo á feira, y qué era lo que lo diferenciaba del pulpo a la gallega. Podía describir un Ribeiro como “elegante, fresco, ligero, muy aromático y de alegre acidez” y un Albariño como “un vino con aromas frutales completados por notas florales, amplio, fresco, armónico y con buen final”. Pero jamás podría probarlos ni entender cómo una copa degustada en buena compañía es capaz de resaltar tan elogiosos atributos.
Y así pasaban sus días y sus noches, sin percatarse de que también ese mundo virtual y pequeñito podía acabarse un día.
Fue un día fatídico.
Su usuario habitual jamás se había molestado en hacer una copia de seguridad y a pesar de haberse gastado una fortuna en mantener al día su antivirus, no pudo prever que alguna vez un hacker atacaría a traición a su equipo.
Vivía en un mundo virtual. Vivía en un mundo pequeñito que se reducía a la pantalla de un monitor.
Un día desapareció de repente, sin haber disfrutado jamás de la vida real.
MARIÁN MUIÑOS (2009) – España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Escrito en tiempos en los que no se hablaba popularmente de la Inteligencia artificial. La autora, al revisitarlo, añadiría al final simplemente un signo de interrogación (vida real?)

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