¿SON LO MISMO TODAS LAS RELIGIONES?
Fue
elegido como su Pueblo y durante siglos se manifestó por la voz de los Profetas
y custodiado en el Tabernáculo como representación de su Omnipotencia. Sin
embargo, su desvelarse fue parcial y sujeto a la interpretación humana. Al
consumarse el tiempo vino al mundo, pero no le reconocieron los suyos.
Procedía
de una rica familia arruinada y fue uno de los pensadores más importantes de la
Historia, aunque fue criado en la pobreza. Con el paso del tiempo llegó a ser
nombrado gobernador de una ciudad y ascendido al cargo de Ministro, muriendo en
edad avanzada para aquellos tiempos del tercer milenio anterior a nuestra era
por causas naturales. Sus restos reposan en la ciudad de Shandong. Predicó la
benevolencia, la lealtad y el respeto entre la especie humana. Guía para muchos
hombres, Confucio supo advertir a sus discípulos: “Yo no soy el camino”.
El
despertar viene cuando es trascendido el deseo, el odio y la confusión. El buddha es aquel que conoce sus
existencias anteriores, lo cual nos lleva a plantearnos: si el hombre es tal en
tanto que dispone de libertad, ¿a quién pertenecerá el espíritu que renace en
un cuerpo diferente? ¿Cómo tendrá consciencia de ser él mismo? El budismo es
una religión no-teísta, luego, el religarse (= religión) es con el propio
hombre, llámesele como quiera, una suerte de humanismo no- trascendente. Por
eso, el Buda dijo “Buscad la verdad”
Existe
un solo Dios (esto es característico de las tres religiones monoteístas:
judaísmo, cristianismo e islam) y él es su Profeta. Siguiendo la tradición, a
él le fue revelado por el arcángel Gabriel en una cueva la visión divina y
redactada su ley (Corán). Al despertar, las palabras reveladas aparecieron
talladas en su corazón. Supo reunir a los nómadas y conquistar en vida toda
Arabia guerreando hasta someter a los enemigos, y aquellos que eran apóstatas
fueron muertos. Tuvo trece esposas, sin
saber cuál era el propósito de la vida.
Moisés
predicó la validez absoluta de la Ley
Buda
predicó el retiro ascético
Mahoma
conquistó el mundo en su lucha contra los infieles, creando una Estado
teocrático.
Confucio
predicó la ética aristocrática.
Pero,
hubo uno que dijo: “Yo soy el camino, la
verdad y la vida”.
Confucio, Buda y Mahoma reposan en sus tumbas.
Moisés vivió 120 años y murió entre los suyos a las puertas de la Tierra
Prometida. Buda durmió el sueño eterno con 80 años. Confucio llegó a la vejez
rodeado por sus discípulos. Mahoma expiró en los brazos de su mujer favorita en
su harén
El
que dijo “yo soy” murió joven, con poco más de 30 años, vituperado, calumniado,
martirizado, desasistido de sus discípulos y seguidores, e incluso experimentó
el abandono de Aquel al que había anunciado al costo de su vida. Sin embargo,
la Historia se dividió en un antes y un después, porque fue resucitado como
primicia de los hombres. No fue ante su final sujeto pasivo, sino que lo
provocó con sus palabras y su vida predicando un Reino de humanidad ahora, que
concluiría en el reino de la eternidad, sosteniendo lo que decía y hacía con
gestos portentosos, que ni siquiera sus enemigos acérrimos negaban, si bien
decían que podía realizar los milagros en nombre de Belcebú. Puro fanatismo
para no aceptar la evidencia de lo que oían y veían. Pudo evitar su muerte no
subiendo a Jerusalén, que era donde únicamente podrían matarle, pues los judíos
no podían ajusticiar a nadie, pero sí los romanos. Sin embargo, quiso hacerlo
para que todos pudieran entender que la entrega de su vida avalaba su
predicación.
El
sabio Ratzinger, el Papa Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” escribe
en pocas líneas lo que vale por todo el libro, cuando hace una pregunta: “¿Qué
trajo realmente al mundo, si dos mil años después el mundo sigue igual o peor
que cuando estuvo entre los hombres?”, para a continuación ofrecer la
respuesta: Trajo a Dios. Reveló su rostro
y cómo es. El Misterio se hizo
carne y anunció al mundo que el hombre no es una causa perdida, sino que el
Eterno no es el ausente lejano que está fuera del mundo, sino que está dentro
del mundo y con el hombre. Por eso dijo esa frase que representa la impotencia
de los creadores de otras religiones o doctrinas: “Yo soy el camino, la verdad
y la vida”.
No,
no son lo mismo todas las religiones, y eso sin necesidad de no reconocer la
parte positiva que encierra cada una de ellas. Porque el confucionismo predica
el bien entre los humanos, pero reconoce que por sí mismo no puede liberar al
ser humano del pecado estructural y personal, ni prometerle vivirse
eternamente. El budismo desea alcanzar la purificación en la reencarnación,
pero esa libertad no es posible lograrla contando sólo con el deseo del hombre.
El islam sitúa al Altísimo en el infinito como Ser superior al que el hombre ha
de dirigirse, pero ignora que el hombre no puede alcanzar el cielo por su
esfuerzo por más que quiera empinarse.
El
cristianismo se enraíza con el humanismo en su sentido más profundo. De una
parte, digámoslo ya, el cristianismo, más que una religión― lo es, porque religa lo humano a lo divino―
es un humanismo, al vincular el sábado al hombre y no el hombre para el sábado.
Al no poder el hombre subir hasta el Creador, éste se abaja hasta el hombre para dejarse conocer. Así, se
convierte en un humanismo que reta al hombre a abandonar lo más posible su
evolución desde un mono para ir ascendiendo hasta convertirse en un Hombre (con
mayúsculas), debiendo para ello salir de su “ego” y tender la mano a su
prójimo. De otra, este humanismo superar a cualquier y a todos los humanismos
humanos, porque no sólo eleva la categoría del hombre al haber sido creado a
imagen divina (esto ha de entenderse en su justa medida), sino que le abre las
puertas a la trascendencia, al mismo Dios que lo ha creado, satisfaciendo el
deseo que late dentro de él de vivirse eternamente, esto es, la eternidad.
ÁNGEL MEDINA – Málaga, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA

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