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sábado, 5 de abril de 2025

SMART PHONE- Germain Droogenbroodt - Altea, Alicante, España

 








SMART PHONE 

En la sala de espera,
un gran número de pasajeros sentados
con una notable excepción
están todos ocupados
con una cosita llamada smart phone
y que les fascina sin cesar.

 

Con dos pulgares a la vez
escriben sus “relatitos”,
sensatos o no, están escritos,
y enviados al mundo

Sólo una persona no escribe, pero lee,
lee un libro.

¿No tendría nada que decir?

del poemario el Camino del Ser

Germain Droogenbroodt, Altea, Alicante, España.

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


DESDE LA VENTANA - Luis Alposta - Buenos Aires, Argentina

 


LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

MUNDO EN RUINAS Y LUCES NUEVAS – Xiul Lasopat – Pokresville – Buenos Aires, Argentina



    








Xiul Lasopat – grabado

de Ana María Moncalvo


MUNDO EN RUINAS Y LUCES NUEVAS


El mundo gira, herido, inquieto,
con voces rotas y pasos huecos.
Las sombras crecen en los espejos,
y el hombre avanza, ciego y sin tiempo.

Gritan ciudades con torres mudas,
plomo en el aire, verdades crudas.
Se compra el alma, se vende el miedo,
y todo es saldo, y todo es juego.

Pero en las ruinas aún hay fuego,
un niño ríe, un sueño es cierto.
Brotan palabras, mueren imperios,
nacen imperios, y un verso humilde
vence al silencio.



XIUL LASOPAT – Buenos Aires- Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

DELIRIOS DE GUERRA - Ceferino Daniel Lazcano - Olavarría, Buenos Aires, Argentina

 











DELIRIOS DE GUERRA

(Haikus)


Si el ser humano
destruye su confort
con sus delirios

¿Ya no hay esperanza
Crea, destruye y crea
cielos y abismos

Construimos para
destruirnos, paradoja
cruel, en la sangre

llevamos, odio
amor y odio...tanto odio
ensombrecido:

Si en luz se apaga
¿Dønde iremos con nuestros
torpes delirios?

Naturaleza
infinita, materna
bombardeada.

En fuego y humo, arde
la conciencia, incendiada
la razón huye

Y un colibrí
vuela sobre un misil:
trae la paz.


CEFERINO DANIEL LAZCANO - Olavarría, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO COORDINADOR DE ASOLAPO ARGENTINA EN ZONA SUR DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA

EPÍLOGO DE LA GOLONDRINA - Antonio Esteban Agüero - San Luis, Argentina

 








EPÍLOGO DE LA GOLONDRINA

Fragmento

La golondrina no me invita
Al viaje.
La golondrina me invita
A quedarme.
Aquí, en la tierra cansada,
En este aire,
Con estos pájaros dulces,
Con esta tarde,
Que bien sabemos se tiñe
De mi sangre.
No Golondrina: es mejor
Quedarse.
¿Qué cosa bella en el mundo
grande, grande,
habrá mejor que estos montes
en la tarde?
¿Mejor que ser lo que somos?
Si, golondrina, es mejor
Quedarse,
Gastar la vida en un sitio.

Es mejor quedarse,
Es mejor llorar en las cosas
Familiares,
Mejor reír entre ellas
Y lamentarse
Y recibir lo que nos dan
Y darse.

(1939)

ANTONIO ESTEBAN AGÜERO – Piedra Blanca, San Luis, Argentina

·         Piedra Blanca, cerca de Merlo, el 7 de febrero de 1917 - San Luis el 18 de junio de 1970 


NIEVE Y LUNA - Alfredo Bufano - Mendoza, Argentina

 










NIEVE Y LUNA


Sobre el valle de Uspallata,
en esta noche de junio,
un obsesor plenilunio
su cabellera desata.
Mi alma no sabe decir
frente a tanta maravilla,
si es la nieve la que brilla
o es el celeste zafir.

¡Oh roja luna serrana!
¡Oh valle dulce y profundo!
¡Todo el silencio del mundo
se ha dormido en mi ventana!

 

ALFREDO BUFANO – Mendoza, Argentina


Nacimiento: 22 de agosto de 1893, Apulia, Italia
Fallecimiento: 31 de octubre de 1950, San Rafael

AQUÍ ESTÁN TUS RECUERDOS -Olga Orozco- Toay, La Pampa, Argentina

 








AQUÍ ESTÁN TUS RECUERDOS

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.

¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?

¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.

Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.

OLGA OROZCOToay, La Pampa, Argentina


ESPERA, PADRE -Carlos Penelas- Buenos Aires, Argentina

 











ESPERA, PADRE


Desde que te alejaste vienen los recuerdos.
Ese leve olor de tabaco recorriendo la casa
evocando al niño que dejó su aldea
el árbol familiar, la iglesia románica, el jardín
donde la voz del abuelo llamaba siempre igual.
Aquí, en esta soledad, están los dominios,
la humedad en los pies furtivos, la escarcha,
mudas escaleras, lápidas que yacen
amparadas entre hierbas y aves.
La niebla donde la tierra palpita un mar.
¿Por qué vuelves esta noche
en un paisaje donde moran otros cielos,
otros cuartos en silencios obstinados?
Espera, espera padre.
Es un sueño reciente donde de pronto
entró tu voz a mi cuarto rozando agua y muro.
Una historia, una misma soledad que me visita
entre alucinaciones y olvidos.
(Es sólo eso, nada más).
Ahora miro mis manos que envejecen.
Mientras, continúo buscando tu mirada
con avidez, desde el instinto del desorden.

Extraño destino es este esplendor
cuando todo se transparenta y huye.



CARLOS PENELAS – Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

EL MISTERIO DEL VIRUS VIRTUAL - Rodolfo Leiro y Norberto Pannone - Buenos Aires, Argentina

 



EL MISTERIO DEL VIRUS VIRTUAL

Un cuento de Rodolfo Leiro y Norberto Pannone


            Alberto Inocencio Calvo, había asumido su temprana viudez con crecidos vestigios de ufanías no fácilmente disimulables. Sus cincuenta vigorosos años. Lo encontraron en los senderos de la vida, todavía transitables, con ciertos apetitos que suelen consumir las impaciencias. No había ya necesidad de ocultarse tras los vastos tapices de los amores disimulados y las flamas impetuosas del deseo, podrían encenderse sin tapujos.

Él había aceptado con subida complacencia, la fresca y esbelta figura de su secretaria, Alicia Cándida Bueno.

Ella, disfrutando de sus recientes veintidós años, especulaba con los regalos y con un sueldo nada despreciable, que por otra parte, hubiese correspondido a una empleada de alto rango y altamente eficiente.

Sin embargo, la impaciencia, el mal humor y la insatisfacción, estaban consumiendo aquellas inefables horas de placer. En la oficina habían comenzado a ocurrir bastantes problemas con el funcionamiento de la computadora y el carácter de Alberto había comenzado a desnivelarse. Desde algunos días a esta parte, hubo que rehacer varias veces una serie de importantes archivos de clientes que, misteriosamente, se borraban del disco rígido.

La primera vez los tomó de sorpresa y el trabajo de reconstrucción fue muy arduo. Hubo que acudir a la joven memoria de la eficiente secretaria. Aconsejados después por el técnico en computación, comenzaron a realizar copias de seguridad y, gracias a ello, podían, reconstruir, aquello que, inevitablemente, al otro día, aparecía borrado de la PC.

-¡Maldita computadora! –Rezongaba Alberto con justificada impaciencia y enojo.

-¿Qué ha dicho esta vez el técnico, Alicia?

-Que cambió el antivirus. Que si hay problemas lo llamemos de nuevo.

Al día siguiente, se repitió el problema. La pantalla se puso azul y luego negra. Resetearon el CPU y nada. Todo se había vuelto a perder.

-¿Has llamado al técnico, Alicia?

-Vendrá hoy después de las quince, Alberto.

A Alberto Inocencio Calvo, se le habían comenzado a caer los pocos pelos que le quedaban en su declarada calvicie. Por un designio inevitable, su cráneo, parecía cumplir un destino en concordancia con su apellido.

Cuando el reloj había sobrepasado la esperada cronología de las tres de la tarde, Alberto le preguntó a su secretaria:

-¿Está lista la computadora, Alicia?

-Si, Alberto –Respondió su atrayente colaboradora.

-¿Qué ha dicho ahora ese aprendiz…?

-Que ha colocado un nuevo antivirus. Lo más efectivo que existe en plaza.

-Veremos…

A las dieciocho horas, poco tiempo antes de cerrar el estudio, el problema volvió a manifestarse… Ahora, Alicia, que estaba operando la PC, sintió una leve angustia que oprimió su garganta. Por un instante, perdió la visión. Pestañeó varias veces, tomó una bocanada de aire y todo volvió a la normalidad, excepto la computadora que se había “tildado” nuevamente. Algo no andaba bien. Alguna cosa en la oficina había cambiado. Alicia tuvo un presentimiento y la angustia volvió a clavarle sus garras en el secreto recinto de su pecho. Llamó a Alberto y juntos convinieron en llamar nuevamente, a primera hora del día siguiente, al técnico.

La “cosa” escapó de la pantalla con una velocidad imposible de calcular. Invisible al ojo humano. Desde un vértice de la pantalla, erupcionando el demiurgo de su incomprensible mecanismo, atisbaba las pupilas de la armoniosa secretaria. ¡Qué hermosos que eran aquellos ojos! ¿Y si pudiese entrar en ellos? ¿Anidar allí su maligna presencia? Decidió  que mañana lo haría sin falta. Necesitaba adaptarse al nuevo mundo, demasiado agreste y hostil. Se quedó agazapada en un rincón del cielo raso. ¿Y por qué no ahora? –Decidió.

Alberto, desorbitaba la sátira feroz del improperio  desde el podio de su rabia esmerilada por la pérdida de tiempo y la manifiesta incapacidad de aquel técnico escudado en la ambigüedad de explicaciones no fácilmente comprensibles. Mañana pondría las cosas “en su lugar” y llamaría a otro, pero no sin antes descargar su no disimulada dosis de febril contrariedad. ¡Lo llamaría apenas abriera su negocio y le diría que era un inútil! ¡Mañana sabría ese imbécil quien era don Alberto Calvo!

Caprichosamente, decidió que esa noche “metería manos” por su cuenta en la maldita computadora.

Cuando Alicia se hubo marchado, acomodó unos papeles de su escritorio, llamó al bar de la esquina, pidió algo para comer y se instaló frente a la pérfida máquina.

Eran cerca de las veinticuatro. Llovía y el vidrio de la ventana se había empañado. Un bocinazo que vino de la calle lo trajo a la realidad. Se levantó, encendió un cigarrillo y se dispuso a relajarse por un rato. Se acercó a la ventana y escribió con su índice el nombre de “Alicia” en el vidrio empañado. Avergonzado, lo borró rápidamente con la palma de la mano.

El problema del “Cuelgue” de la PC lo volvió a atormentar. Tornó a sentarse frente al monitor e, inconciente escribió “Alicia”. ¿Sería posible? , al escribir aquel nombre la máquina se reseteó sola y todo volvió a la normalidad. ¡Lo descubrí! Casi gritó de alegría. “¡La clave es Alicia!” Apagó el equipo y lo volvió a encender varias veces. ¡El problema había desaparecido! Con alegría por haber descubierto la causa, apagó el CPU y se dispuso a irse a su casa a descansar. “Mañana me escuchará el imbécil del técnico” –Se dijo. Y apagando las luces, se marchó.

Haría cinco minutos que se había ausentado cuando imprevistamente, la pantalla se encendió y se puso de un color azul intenso. Permaneció encendida hasta las seis de la mañana y luego se apagó.

Al día siguiente, Alberto llegó más temprano que de costumbre, esperaba el arribo de Alicia para contarle lo que había descubierto. A las ocho y veinte, recibió una llamada de la madre de su secretaria informándole que esta se encontraba enferma y que no acudiría ese día al trabajo. Asintió de mala gana, recordando que igual llamaría a la casa del técnico para cantarle cuatro frescas e informarle que él había solucionado el asunto por sus propios medios.

Lo atendió una voz de mujer informándole que era la vecina que estaba al cuidado de la casa. El técnico había sufrido un infarto y había fallecido en la madrugada.

En todo el día no encendió la PC ocupado en diversos asuntos que tenía pendientes en su escritorio. Cerca del mediodía llamó a la casa de Alicia para informarse sobre su estado de salud. El hermano le contestó diciendo que se había agravado y la habían internado en una clínica neurológica. Amnesia. Por unos días no iría a trabajar.

Pasó la tarde muy angustiado. Eran demasiadas cosas negativas. Cerró temprano. Se refugió en su casa y esa noche no pudo dormir. Algo extraño roía su plexo solar. Una extraña vibración le recorría la boca del estómago…

A las tres de la mañana, le avisaron que Alicia había muerto de un accidente cerebro-vascular. La negra sensación en la boca del estomago se le hacía cada vez mas frecuente y más agresiva… Temió por su corazón. Ingirió un sedante y se vistió para salir.

La empleada de la funeraria donde velaban los restos de Alicia, encendió la computadora para introducir los datos de la infortunada mujer y enviarlos a la obra social. Le pareció ver un destello en el vértice izquierdo de la pantalla que atribuyó al reflejo del sol. Después que la PC acabó de cargar toda su configuración, tipeó el nombre “Alicia”. La pantalla del monitor se “tildo”  y se puso toda azul… Intensamente azul…

RODOLFO LEIRO Y NORBERTO PANNONE – Buenos Aires, Argentina


EL PACTO - Mónica Gómez- Santiago, Chile















EL PACTO


Anoche me visitó La Muerte, se sentó en mi cama, me miró con sus cuencas vacía
y me comentó sobre su gran cercanía hacia mí, la que con el tiempo se había
transformado en una sana simpatía.
No me intimidó su presencia, sabía que al mismo tiempo, era su ausencia,
Entendí - sin palabras (su lenguaje)- que éramos conocidas desde hacía mucho,
mucho tiempo
Que nos habíamos encontrado cada vez que murió alguien por mí amado y ella
había estado allí presente, esperando el deceso final con su guadaña implacable y
aterradora
Y que de tanto encontrarnos ya nos unía ese instante profundamente
desgarrador.
La recibí como a una amiga, amablemente.

¡Vine -dijo sin palabras- a proponerte un pacto, el que tú quieras, en recompensa
por haber escrito tanto y tan bien sobre mí y haberme inmortalizado en poemas,
cuentos y novelas!
Me sorprendió su generosidad – no era algo común en nuestro mundo.
Y súbitamente supe mi deseo más profundo y que sólo ella podría concederme.
¡Conocer la fecha de mi muerte! - le respondí- sin palabras.
En un susurro - sin palabras- me lo concedió.
Y extendió su mano – huesuda y fría – la que estreché con fuerza
Era sin lugar a duda el más extraordinario pacto jamás pensado y nada menos que
con ella, la inmortal- mortal, gran señora del tiempo, la venerada y temida, la
única, la sin par y la más poderosa interlocutora que una escritora como yo - sin
Nobel - hubiese podido desear.
Y puntualmente la fecha se cumplió.
En mi agonía, comprobé la honestidad de la Muerte y el cumplimiento a
compromiso dado a la palabra -sin palabras- cualidad que había buscado toda mi

vida en los humanos y que jamás había logrado encontrar.


MÓNICA GÓMEZ – Santiago, Chile
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA