EN LAS AULAS DEL SABER
A mis padres maestros
Recuerdo bien
a mi primera maestra;
mujer elocuente y sabia,
que en su mundo y edén
a cualquiera secuestra.
Añoro en mi mente
mis primeros años en la escuela,
mis primeros amigos de carpeta,
al maestro presente,
quien a sus discípulos tutela.
En las aulas del saber
el tiempo es un regalo
y los maestros preguntan
sobre los derechos y el deber
a los niños, que en la vida debutan.
Entre la lengua y la ciencia,
aquel niño crece rápidamente,
los maestros perennizan el saber
con la mano de la inteligencia y la ética,
que aquel humilde maestro nos las deja concluir.
El maestro de sus jornadas no se jubila,
se hace inmortal su divina enseñanza,
entonces Cristo no hubiese edificado una iglesia.
Y el maestro entrega en las aulas su vida,
nos derrama sonrisas y alguna tristeza.
Al maestro con aprecio infinito en su día,
imagen de Jesús predicador,
quien perfila al niño en un hombre,
quien nos asombra con su sencillez y sabiduría,
al maestro SIEMPRE, de quien tengo presente su nombre.
Cuando regreso a las aulas del saber
ya no está ahí presente
y permanezco horas en su pupitre,
empezando con mi deber
hago honor con mi prédica al maestro ausente.
GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO – Arequipa, Perú
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
A mis padres maestros
Recuerdo bien
a mi primera maestra;
mujer elocuente y sabia,
que en su mundo y edén
a cualquiera secuestra.
Añoro en mi mente
mis primeros años en la escuela,
mis primeros amigos de carpeta,
al maestro presente,
quien a sus discípulos tutela.
En las aulas del saber
el tiempo es un regalo
y los maestros preguntan
sobre los derechos y el deber
a los niños, que en la vida debutan.
Entre la lengua y la ciencia,
aquel niño crece rápidamente,
los maestros perennizan el saber
con la mano de la inteligencia y la ética,
que aquel humilde maestro nos las deja concluir.
El maestro de sus jornadas no se jubila,
se hace inmortal su divina enseñanza,
entonces Cristo no hubiese edificado una iglesia.
Y el maestro entrega en las aulas su vida,
nos derrama sonrisas y alguna tristeza.
Al maestro con aprecio infinito en su día,
imagen de Jesús predicador,
quien perfila al niño en un hombre,
quien nos asombra con su sencillez y sabiduría,
al maestro SIEMPRE, de quien tengo presente su nombre.
Cuando regreso a las aulas del saber
ya no está ahí presente
y permanezco horas en su pupitre,
empezando con mi deber
hago honor con mi prédica al maestro ausente.
GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO – Arequipa, Perú
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

No hay comentarios:
Publicar un comentario