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sábado, 15 de julio de 2023

Y TU VESTIDURA ES BLANCA - Salvatore Quasimodo, Italia

 

















Y TU VESTIDURA ES BLANCA


Tienes la cabeza inclinada y me miras,
y tu vestidura es blanca,
y un seno asoma por el encaje
suelto sobre el hombro izquierdo.
Me rebasa la luz; tiembla
y toca tus brazos desnudos.
Vuelvo a verte. Palabras
cerradas y rápidas decías,
que ponían corazón
en el peso de una vida
que sabía de circo.
Profundo el camino
sobre el que descendía el viento
ciertas noches de marzo
y nos despertaba desconocidos
como la primera vez


SALVATORE QUASIMODO
, Italia


Nacimiento: 20 de agosto de 1901, Módica, Italia
Fallecimiento: 14 de junio de 1968, Nápoles, Italia

PEREGRINO - Luis Cernuda, España

 








PEREGRINO



¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere.

Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Itaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.




LUIS CERNUDA
, España


Nacimiento: 21 de septiembre de 1902, Sevilla, España
Fallecimiento: 5 de noviembre de 1963, Ciudad de México, México

SENTADO EN UN BANCO DE LA PLAZA - Pedro Broemser - Buenos Aires, Argentina

 








SENTADO EN UN BANCO DE LA PLAZA


Pasé una mañana cualquiera
por la plaza de mi barrio y
desde un banco sentado
un hombre me hacía señales.
Tenía un traje raído, gafas y
el pelo tan blanco, tan blanco
que semejaba un árbol nevado.
La camisa era a rayas verticales,
las zapatillas sin cordones y
en la mano izquierda, llevaba un cigarro apagado
a modo de señalador gastado,
este detalle me recordaba a mi padre,
el que no quiso conocerme y
que en una fotografía lo vi
con un cigarro en la misma mano.
Era zurdo mi papá o no?,
A esta altura de la vida, lo mismo me da.

Continuando con la descripción del hombre
de la plaza, digo que tenía
un reloj pulsera en la izquierda que
marca la misma hora y él sonríe y
dice que es un regalo de una novia
del pasado.
Y como si esto fuera poco,
el curioso personaje de mi barrio,
termina su indumentaria decorando su silueta,
luciendo en el ojal de su traje
un escudo de su cuadro,
bohemio azulgrana.
Recordé que siempre que paso me llama…
y si voy me cuenta sobre antaño,
me dice que hacía “tal cosa”,
que jugaba a “no sé cuánto” y
no para de contarme y
yo no entiendo “ni un cacho”…
y además me encarga que le busque
Algo… así que hoy, me hice “el otario”
y obviamente no le hice caso.
Dios sabrá perdonarme!,
hoy no estoy “para mandados”.
Me encaminaba a los juegos y
a treparme a los travesaños,
subirme a los toboganes y
a revolcarme en el pasto y
quedar todo arañado…
tenía un ataque de extrañar a mi madre
que me esperaba con la varita en mano,
blandiéndola en amenaza…
cuánto daría a mis años
correr abrazarla y pedirle
“perdón mami, no lo haré más”,
sabiendo que ella me perdonaría
hasta próxima rebeldía.
Por tanto al señor
no pude hacerle caso,
porque si con él, me quedaba sentado
“me charlaría tanto” de olvidos 
de fracasos…que su esposa “no sé”,
que sus hijos “no sé cuánto”,
que de a poco dejaría de sonreír, y
sin darme cuenta se pasaría el tiempo
y las ganas de jugar.
Los otros niños juegan y ríen,
corren y saltan alrededor de nosotros…
los paseantes pasan tranquilos,
los pájaros vuelan y
a nosotros el tiempo se nos pasa…
y el hombre sigue igual y
yo voy envejeciendo y
sin darme cuenta…voy siendo otro,
y dándome cuenta
que nunca más jugaré, ni correré
y si lo hiciera me tomarían por loco…
y nunca más pasearemos
tomados de la mano mirándonos a los ojos
como aquellos que pasan y
no se dan cuenta que también existimos.
Y nunca más volaremos de árbol en árbol
como los pájaros.
Hasta que un día aciago
y sueño lejano
estaré sentado en un banco
de la plaza de mi barrio mirando a lo lejos y
sin percibirlo me piquen los ojos
a causa de algunas tímidas lágrimas
que sin darme cuenta resbalan, resbalan.
Y allá estarán los juegos y allá la calesita,
colmados de chicos que ríen y cantan,
pero yo no preguntaré a nadie,
para no recordarme de aquel hombre
que me interrumpía con su charla
cuando yo corría a jugar en la plaza.


PEDRO BROEMSER, (Broemser, 2021) Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

NOIR ET BLANC - Luis Alposta - Buenos Aires, Argentina -

 


LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

De su libro "Entelequias", poemas. Ed. Torres Agüero, Buenos Aires, 1994. 

EL MERCACHIFLE - Norberto Pannone - Buenos Aires, Argentina

 




                          EL MERCACHIFLE 

                              (Costumbrismo)    

 

Había sido una noche de perros. Los álamos desnudos, míseros esqueletos vegetales, tiritaban arqueandose como pidiendo clemencia desde sus crestas estremecidas. Cuando amainó el viento helado del sur, una fría llovizna se descolgó de la bóveda gris del firmamento, cerrando aún más la escasa visibilidad de la madrugada.
Dentro de poco, despuntará el día. Un pálido resplandor a lo lejos, por el oriente, anunciaba una triste jornada invernal para aquellos pobres habitantes del lugar.
La escalera del mísero albergue, crujió funestamente al peso de los pasos taciturnos del hombre.
-¡Qué buscas levantándote tan temprano, turco! Estás loco muchacho! -rezongó desde el lecho la dueña de la pensión.
-¿Es que hoy no se come, Doña?, Alá me asista. ¡Siempre adelante Ibrahim!
Y con esta respuesta, entre lo desolador y lo burlesco de su porte; metido dentro de sus suecos de madera y dobladas sus espaldas bajo la pesada carga de las mercancías, se calzó el sombrero de paño negro y salió para enfrentar la oscuridad. La lluvia y el viento helado de la madrugada herían su carne a través de su vestimenta gastada y deshilachada. Su chaleco, aún conservaba la humedad del día anterior.
Señora… Peine, peineta, ropa para la casa..! -grita aquel mártir cuando pasa frente a la primera vivienda, desde donde escapa una tímida columna de humo. Nadie responde. Aún duermen o recién están saliendo de sus camas.
-Todavía duermen. ¡Adelante Ibrahim! ¡Adelante! -Se da coraje el hombre, murmurando entre dientes aquel imperativo.
A medida que se acerca el día la tormenta crece en intensidad. “El Turco” no se acobarda. Aunque se congelen las gotas de transpiración, aunque se hiele el vapor de su aliento, el pobre sube la loma aplastado por el peso y la diabólica escarpa del camino.
-¡Adelante! ¡Adelante.
El andar se convierte en un sacrificio a causa del barro y la resbalosa greda de la loma.
Comienza la mañana.
-Doñaaa: peines, peinetas, peinetón. Telas de Francia. Casimires Ingleses… Jabones con olor…
-¿Llevas algún perfume, Turco? -Pregunta una mujer a través de una ventana entreabierta.
-Sí, aún agitado por las olas del mar.
-¿De lavanda o jazmín?
-También ese. Especialidad de la casa. Producto de París.

Después de un cuarto de hora, la primera venta estaba hecha y el “Turco” retomó el camino acomodando en su bolsa los dos pesos y una docena de huevos. La luz del día, finalmente, había aparecido; una luz blanca y difusa como noche de luna. La llovizna había casi cesado pero el viento se desencadenó más endemoniado que nunca. El frío se hizo más intenso. Desde el entrecejo del “mercachifle” bajaba el sudor que, corriendo por su rostro, venía a congelarse en la extremidad de su barba. ¡Adelante! ¡Adelante! Si sigue lloviendo, el agua, mojara el fardo que carga sobre la espalda y este caerá pesado sobre el barro del camino arruinando su mercadería, pensaba con disgusto el mercachifle. -¡Alá me asista! ¡Siempre adelante Ibrahim! Era su grito de guerra favorito. Pero aquella invocación se dispersó en la nada. Nadie le escuchaba a causa de las voces de la tormenta que, después de una breve calma, había comenzado a crear un torbellino amenazante alrededor del pobre hombre.
Se detuvo un rato al costado del camino al reparo de un terraplén y de unas ramas desnudas de algarrobo. Su agitada respiración se incrementó cuando buscó acomodar aquel desalmado fardo de porquerías sobre unas ramas. Se sentó a un costado y las imágenes de su Líbano querido llegaron hasta él como un bálsamo templado. El sol maravilloso contrastando con el verde color de la pradera y la arena caliente del camino. El perfume de los cipreses mezclado con el aroma del incienso y de la menta. ¿Cuándo volvería? ¿Podría alguna vez? ¿Qué estaría haciendo ahora su familia? ¿Estarían sus hermanos junto al fuego de la casa paterna, dispuestos a cenar? ¿Y las estrellas? ¿Y los perros…?. Se mojaron sus ojos y su boca se llenó de saliva cuando recordó los frutos de la higuera que había en el patio… Tenía hambre…

Anduvo todo el día, haciendo sentir en cada casa su grito: ¡Peines, peinetas, jabón de París… A medida que pasaban las horas, su grito, lastimoso decrecía poco a poco. Se sentó junto a un tronco de sauce masticando el único trozo de pan que traía. Lo empujó con un poco de agua limpia de un charco. -Señora… peine, peineta…señora, el vende-todo…

Se había hecho la noche, la dueña de la pensión, donde se alojaba el “Turco” y un grupo de pensionistas estaban sentados a la rústica mesa delante el fuego de la cocina hablando descuidadamente de sus propias cosas. Necesidad de contar para recordar. A veces, cada uno se hundía en sus propias ideas y estallaba un largo silencio, entonces, la tapa de la olla de aluminio, donde se cocía la sopa victoriosa, hacía escuchar su canto de vapor.
-¡Allí está! -gritó la patrona.
-¡Es él, es él!
-¡Esta vez sí! ¡Son sus pasos! -gritaron los hombres.
Silencio… el viento había volcado una maceta que estaba en el corredor. Los perros, acurrucados debajo de la mesa, ni siquiera movieron las orejas.
Cuando dieron las doce campanadas en el reloj de la Iglesia, uno a uno, se fueron levantando para irse a dormir.

La patrona mintió al decir que el “turco” se había quedado en alguna chacra. Ella sabía que su intuición nunca le había fallado, además, el muchacho siempre volvía a la pensión. 
Se quedó dormida en la cocina y despertó sobresaltada a las dos de la mañana. Con la espalda dolorida y con preocupación, caminó muy despacio hasta su cuarto.

En el fogón, las brasas se habían apagado. El perro de la casa de enfrente aulló lastimosamente.


NORBERTO PANNONE, Buenos Aires, Argentina

OSCURIDAD - Ady Yagur - Israel

 










OSCURIDAD


Cierro los ojos inquietos
que miran temerosos,
ante una oscura sombra
debajo de mis párpados.

Oscura mirada silenciosa
que yace ahora desolada,
vieja amiga vuelta noche
junto a la luna de nacar.

Un hombre ciego imagina
que otros ojos lo miran,
mientras titilan estrellas
desde lo alto del cielo..

Hay una luz de paz bella
en el alma muy divina,
esa que ilumina los días
acariciando la esperanza.

Mariposas de vivos colores
revolotean junto al rostro,
el ciego sonrie de pronto
imaginando tener alas..

Oscuridad entre pueblos
cuando las guerras matan,
junto al llanto del hambre
eco de un mundo violento.


ADY YAGUR
, Israel
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

POEMA SOLEDAD - Guillermo Fernández del Carpio - Arequipa, Perú





POEMA SOLEDAD



Estoy enfrente de mí
en el paraíso del silencio.
La inevitable soledad, simplemente hace su trabajo
y yo se lo permito.

Solamente hay un mundo, el mío.

Hay ruido, mucho ruido en el enigma
que envuelve al día.
La soledad y el ocaso son preludio de noche
y en ella vuelvo a estar enfrente de mí.

Búscame soledad cuando haya ruido,
búscame en la brisa y al pie de un río,
búscame en la alegría y en la melancolía.
Porque deseo encontrarte para encontrarme
y ser quien deba ser, en mis finitos días.

No te vayas nunca de mí.
¿Sabes?
Hay mucho ruido allá afuera, soledad.

 

GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO, Arequipa, Perú

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


LO MÁS PRECIADO - Favio Ceballos, Baigorria, Santa Fe, Argentina

 









LO MÁS PRECIADO



"Vine a matar a tus ídolos... con una sola mirada"

F A C


El águila... furtivo está escondido entre esa fronda
es de aire...y ese trueno que desmaya contra el suelo
es de fuego... con los párpados abiertos cae el velo
que tú abres... aunque todo lo que ha dicho te lo esconda

el ídolo... que tú haces, de mirada triste y onda
con tus manos...sin bien, oro pintado con tanto celo
tu exhibes… y, al romperse te sume en desconsuelo
aferrado...a la inconsciente mentira que te ronda.

Hoy retornas... a Esa Fuente Divina que te nombra
No te asustes… no hay culpa en despertar y ver la vida
¡Amanece!...no hay ansiedades futuras ni pasado.


Hace frío... no vivirás bajo yugo de esa sombra
inmundicia... entronizada en alma dividida
no te robe… Tú eres de la creación lo más preciado.


FAVIO CEBALLOS, Baigorria, Santa Fe, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


CASIDA DE UNA TARDE EN EL PARQUE - Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

 



CASIDA DE UNA TARDE EN EL PARQUE

 

 

Nadie regresa a la espaciosa y abandonada soledad
ni la palabra evocará la noche con los ojos abiertos.
En el parque dirán al ver sus sombras
que la tarde excede la monótona rosa
o que el verdor antiguo de los cedros
no logró cubrir su luz y su ternura.
Días perdidos, transparentes,
bajo las ramas de los jacarandáes.
Desde el aire dirán la nostalgia, la impaciencia
de la muerte que habitará el vacío.
Una calle del sur y el resplandor último
como un ciprés olvidado.
Y tú allí, en el vagar disperso de las nubes
imposible y callada,
morada ansiosa, levísima,
cuando la mirada es un dormir deshabitado
en la vigilia que desnuda pudor.
Tal vez alguien pregunte, ¿cómo fue?
Y el desgano desapacible acompañe el lecho,
unicornios cautivos por el rumor del mar.
Irán desdeñosos empujando la hierba
recogiendo la ceguedad del amor,
el desnudo y encendido ensueño de la nostalgia
que crece en la morada como un destello.
Se mece la noche
mojándome los ojos distraídos.

 

 

CARLOS PENELAS, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
--
www.carlospenelas.com


CARLITOS VA A LA CANCHA - Eduardo José Borawski Chanes - Mar del Plata, Argentina

 



CARLITOS VA A LA CANCHA  

 

Tenés cuatro años, chiquilín. Cuatro años te alcanzan para patear con cierta efectividad la pelota. Para tomar la leche solo, para ir al baño, para mirar en la tele tus programas favoritos. Cuatro años son mucho para eso. Al menos alcanzan. Como alcanzás el estante de arriba cuando querés bajar las galletitas que mami, cuando tiene plata, compra y pone allí.

Carlitos, podés hacer todas esas cosas y muchas más. Pero — a veces se olvidan quienes tienen la responsabilidad de tu cuidado — hay otras que vos no podés hacer, no debés hacer, y lo que es más importante, hay cosas que vos no sabés aún ni querrías hacer. Pero los otros no entienden… porque quizás no pensaron nunca que no estás en condiciones de hacer lo que hacen los mayores. Y que los mayores no siempre saben o piensan lo que hacen.

—Ponele un pullover al Carlitos, que me lo llevo a la cancha. 

Y lleno de alegría, vas con papá a la cancha. Mamá se queda en casa, lavando la ropa. Mamá no tiene oportunidad de matar el tiempo: el tiempo la mata a ella entre el cuidado de sus seis hijos, las compras, el lavado de la ropa… Mamá no trabaja, papá sí…  Dicen.

Llegan a la cancha, entran, suben al lugar más alto de la tribuna del club. Te cuesta subir, pero llegan. Desde allí ves muy chiquitos a los jugadores, mientras a tu alrededor la gente grande salta, grita, dice palabras que a vos, en casa, no te dejan decirlas, y tiran cosas para abajo. Papá te había recomendado que no te movieras de su lado para no perderte. Tenés ganas de ir al baño y se lo decís a papá. Él te contesta que hagas allí mismo, que no pasa nada. Nunca pasó nada.  Te lo dice sin mirar, sin explicarte cómo hacerlo, porque están frente a una jugada difícil para el club de sus amores y no quiere perdérsela. Vos te arreglás como podés.

Al final, ganan. Todos saltan. Se sacan la camisa y saltan. Vos miras hacia un costado y ves que algunas personas de arriba empujan a las de abajo hasta hacerlas caer. Y después son muchas las personas que caen. Vos te asustas.

Salen de la cancha. Papá te sube a babuchas y así andan unas cuadras. Van a tomar un colectivo que los llevará a casa. Aparece un grupo de hinchas que tiene la camiseta del club de ustedes, gritando, tirando piedras contra los negocios mientras la gente que pasa corre a refugiarse. Y papi saltando, saltando. Vos estás otra vez asustado. Papá los sigue mientras grita, y vos te bamboleas sobre sus hombros. En un momento dado papá tropieza y casi se caen, vos y él. Pero no: sigue saltando y gritando. ¡Habían ganado uno a cero!  Dos cuadras después aparece un camión repleto de gente con las camisetas del equipo contrario.

Las personas que están con ustedes, inclusive tu papá, les dicen cosas feas a los simpatizantes del equipo perdedor. Después dejan de tirar piedras contra las vidrieras y los autos, y las tiran contra el camión. Ellos tiran con hondas. Después sacan revólveres, de esos que alguna vez viste por la tele

Vos escuchás unos ruidos muy fuertes y enseguida una cosa que te golpea, pero nada de dolor. Sólo te parece que algo ha entrado muy derecho en tu cuerpo, y empezás a ver sangre en tu pullover. Vos gritas, pero tu papá grita más y sigue saltando. Hay que saltar porque el equipo de ustedes había ganado: ¡uno a cero! La cabeza de papá se moja con tu sangre. Mientras él salta, los dos gritan: tu papá por el triunfo y porque quiere que los contrarios se vayan. Vos porque estás asustado al ver el color rojo que toma tu pullover y por el dolor que comienza en el lugar del golpe que recibiste y que no podés tocar porque papá te sostiene sobre sus hombros reteniendo tus manos y sin mirarte.

Después pensás en mamá y no sentís más nada: ni dolor, ni gritos, ni la molestia de los saltos de papá. Ya no sentís ni sentirás más nada, Carlitos. Papá sí: él siente la cabeza mojada, se toca, se da cuenta que no es la transpiración, y te baja hasta sus brazos. Y en ellos estás un rato, hasta que te sacan de allí y te suben a una ambulancia.

Mamá, que se había quedado en casa —porque papá tiene derecho a distraerse un poco los domingos, dicen—, se detiene unos instantes y lleva su mano al corazón. Un pensamiento quiere adueñarse de ella, pero mami no se lo permite: ¡tiene tanto que hacer!

EDUARDO JOSÉ BORAWSKI CHANES, Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA