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sábado, 16 de febrero de 2019

EL SIGNIFICADO DEL AMOR, Carlos Ascencio Barillas, San Salvador.

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EL SIGNIFICADO DEL AMOR

                                                                                                                                                    
El amor es un sentimiento que viene con nuestra naturaleza humana, el mundo está lleno de amor, el amor vence todos los obstáculos, es noble, es encantador, es benevolente, misericordioso, dadivoso, limpia el alma de todas las impurezas contaminantes, el amor es agradecido, sabe esperar, tolerar, comprender, entender, razonar, y sobre todo siempre sabe perdonar,, el amor es bello, es maravilloso, no tiene envidia, ni avaricia, ni ambición, el amor no es hipócrita, soporta con resignación todos los sufrimientos, hasta sabe amar a los que no lo entienden, el amor aplaca la ira, la irracionalidad, el odio, la mentira, la vanidad, y hasta el desprecio. El amor despierta con el alma, da fuerza para el trabajo, nos hace ser solidarios con los demás. Me refiero para con los oprimidos, los desposeídos, los menesterosos. El amor es inmensurable, no se puede comparar ni con el oro, ni la plata, ni las riquezas más preciosas, porque solo el amor le da vida a la vida, inspira a los humanos, a cuidar nuestro mundo, nuestras montañas, nuestros ríos, nuestros mares, nuestras ciudades, nuestra tierra, y sobre todo, nos ha dado el privilegio indiscutible que solo el amor es el único don que nos acerca a Dios y a todas las bendiciones que recibimos de su gracia.

San Salvador 14 de Febrero de 2019


©CARLOS ASCENCIO BARILLAS, poeta y escritor salvadoreño
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA





ESTACIONES DE TINTA NEGRA, Ana María Raffaelli, Buenos Aires, Argentina

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ESTACIONES DE TINTA NEGRA

EN UNA ESFERA YACE LA ESPERA
LA OSCURIDAD TOTAL DEJA SOLO UN HALO DE LUZ.
PENETRA EN LOS OJOS TRISTE Y PERDIDA.
LA NATURALEZA SE REPRIME Y DEJA QUE AVANCE
LO ANUNCIADO.
GIMEN LOS MONTES.
EL CIELO SE HA ESPESADO
GIMEN LOS MONTES ENTRE LAS HIERBAS Y LAS BESTIAS
YA EN TODO EL ENTORNO LA LUZ NO SE MUESTRA
Y EN ESTA PENUMBRA LA MENTE DIVAGA…
Y SE MIENTE: “ESTO SERA LA NADA”
DIME TU SI NUEVAMENTE ENGENDRARAS LA LUZ
ESA QUE OCULTASTE DE ESAS YA MARCHITAS PUPILAS
UNA PAUSA MARCA EL TIEMPO
Y YA REVIVE LENTAMENTE LA LUZ EN LA MENTE.

©ANA MARIA RAFFAELLI, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



SENTIMIENTOS, Guillermo Fernández del Carpio, Arequipa, Perú

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SENTIMIENTOS

Sentimos a veces, más a la noche que a la tarde o el día.
Nuestras noches, tienen la memoria del sueño y el enigma del mañana.
Sentimos a veces, menos el recuerdo y más el olvido.
Sentimos a veces, más al ruido que al silencio.
El otoño, me sabe igual al invierno,
porque las hojas y el viento, acarician aquello que siento.
Las noches me dictan aquello que viviré
y yo nunca duermo, siempre sueño.
Siento a Dios como un niño imaginando todo un universo.
Siento que Dios inspira mis pensamientos y versos.
Quizás sentimos lo mismo que Dios siente,
porque todos tenemos un niño Jesús en la guarida de nuestros sentimientos.
Siento a mi Madre, cada día en mis pensamientos.
A ella le debo los oficios de la lectura y la escritura.
Siento que yo no conoceré a la longevidad,
ni la virtud de la sabiduría de los años.
¿Será que los sentimientos nos dicen aquello que viviremos?
Los sentimientos dicen aquello que somos.
Una niña alegría es la lírica de mis sentimientos.
Las noches y las estrellas me suelen dictar algunos versos,
que pueden ser célebres o inéditos.
Yo nunca duermo siempre sueño.
Siento más a la nostalgia que a la dicha de la algarabía,
y así es desde que era infante.
Siento que he vivido más de los años que tengo.
Siento que mi vida es una lucha constante contra la oscura adversidad.
Siento la compañía de los personajes imaginados en los libros,
quizás el Quijote, sea mi mejor amigo.
Él igual que yo, nunca duerme, siempre sueña.
Y ya siento un domingo por la mañana como mi último respiro.
Siento que la vida es un tiempo que gratuitamente nos ha sido dado.
Es un instante y momentos, que tienen gozo y también lamento.
Yo soy un instante de aquel instante,
que siempre está despierto, pensando en versos.


©GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO, poeta y escritor peruano
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


domingo, 10 de febrero de 2019

POEMA EXALTADO, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina


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POEMA EXALTADO

Qué te ocurre poeta con las dudas
que al crecer de la vida, te devoran?
Ya no juzgas las caricias de las putas
ni el ateo dolor de la señora
que alguna vez  se queda sola
y usa sólo un ojo cuando llora?

Qué los parió a los gatos
que acarician las piernas con su cola..!
Me apena el niño, que al encargo,
viene a pedir sumiso la limosna!
Me asombra la rubia señorona
que porta el antifaz de joven moza! 

Qué te ocurre poeta, ya no escribes
de la memoria, la nostalgia y el amigo;
ni del evoco juvencial que concluía
en el apuro genital, definitivo?
¡Arrinconaste la quimera que buscabas
en la torpe estampa del olvido!

Qué te ocurre poeta, ¿no aprendiste?
la promesa es cuestión desvergonzada
y la noble sonrisa ya no existe;
fue un ingrato tempesteo de verano,
urgencia de que el otro satisfaga
su ridículo ego tan humano.

©NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino
del libro “EL OJO DE LA TORMENTA”
Ed, Buenos, Argentina, 2015.
norbertopannone@gmail.com



LA VIDA EN TUS OJOS, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

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LA VIDA EN TUS OJOS

La vida se recoge en tus ojos,
se desliza en bellas palabras,
en ardientes designios que restituyen
la íntima magia del fuego.
Amada, como un príncipe solitario
busco mi destino en la voz desvalida,
en la oración de la videncia
que purga los rigores del tedio
o los rostros hipócritas de la ciudad.
Delicada y bella me acompañas
sobre el terror del orden y la gloria.
Sé que tus senos necesitan el ritual
de mi tacto, el efímero asombro.
Esto soy, en la desnuda calma de tu lecho.

                                                      (“Al amoroso fuego”, 1987) 

©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



EL INSTITUTO DE LA RESUCITACIÓN, Ángel Medina, Málaga, España
















EL INSTITUTO DE LA RESUCITACIÓN

Conocía a aquel hombre desde hacía años. Un día enfermó, hasta el punto de correr riesgo su vida, siendo internado. Por aquellos días yo me encontraba ausente. Mi amigo era un hombre  que amaba la belleza. Era licenciado en Bellas Artes y practicaba con notable éxito la escultura y la pintura, y su inquieto espíritu se abría a todo lo que fuese expresión artística, como la literatura y la música. Yo solía hablar con él para enriquecer mi conocimiento (es sabido que mucha gente resulta banal en sus conversaciones ,que se reducen a los deportes o a comentar las noticias sensacionalistas o del corazón); lo mismo conversábamos sobre los viejos filósofos, muchas de cuyas obras siguen vigentes hoy, como “La República”, de Platón o “El discurso del método”, de Descartes, que  sobre los maestros de la pintura, cuya genialidad se plasma en grandes expresiones pictóricas ( recuerdo que una vez me comentó con gran prodigalidad de detalles acerca  del cuadro “La Venus del espejo”, de Velázquez, que se exhibe en “La National Gallery”, de Londres, del cual parece ser que pintó tres desnudos y sólo se conserva este retrato, creando su propia imagen de la divinidad, aunque la idea de pintarla de espaldas, sosteniendo Cupido el espejo en el que se perfila su autor, procedía de Tiziano, haciendo la observación para que me fijara en la lámina, en cuya posición  no debería resultar posible  ser reflejado el rostro). Un verdadero preciosista, en toda la extensión del término.

Al cabo del tiempo volvimos a encontrarnos y lo noté algo extraño. Parecía frío e insensible, rehusando hablar de aquellos apasionantes temas, por más que yo insistiera. Finalmente, me hizo una pregunta desconcertante.
-          ¿Te gustaría poder resucitar?
-          ¿De qué me estás hablando?- contra pregunté escéptico.

Por toda respuesta, me dijo entonces:
-          Mejor que lo veas. ¡Acompáñame!

El taxi nos condujo a un lúgubre caserón situado a las afueras de la ciudad. Anochecía, y las luciérnagas comenzaban a invadir la bóveda del cielo que se desplegaba sobre nuestras cabezas, haciéndome sentir la pequeñez de lo que es ser hombre. Nos recibió un hombrecillo de aspecto algo tétrico. Era muy alto y enjuto de carnes, cabello escaso, desordenado y grisáceo, algo quijotesco, ojos hundidos y enormes bolsas que bordeaban las cuencas, orlando sus mejillas una barbita lampiña. Su rostro era alargado y los pómulos salientes como dos manzanas maduras. Calculé que debía frisar los ochenta o quizá algo más, caminando a zancadas, doblando el espinazo a cada paso que daba. Su raquitismo lo  cubría un traje  negro y zapatos del mismo color, pareciéndome que coqueteaba con las pompas fúnebres.

Descendimos por una escalera de caracol repleta de óxido que venía a extinguirse en el inicio de un largo corredor, a cuyo fondo había una puerta blindada. Dentro de la estancia que custodiaba el hierro se encontraba un hombre de compostura bonachona y regordeta,  y en uno de los extremos una mesa metálica que soportaba el peso de una máquina de electroshock, una vitrina con tarros y jeringuillas, y una cámara frigorífica, antojándoseme que todo aquello era una sala de despieces.

Después  que nuestro anfitrión se embutiese  en una bata oscura, cuyo peto estaba reforzado por un hule,  chasqueó los dedos y el ayudante penetró en un cuarto  contiguo para regresar al poco portando una camilla sobre la que descansaba el cuerpo de un cadáver. Antes que tuviese tiempo para reaccionar, mi amigo me dijo que el doctor Molokov era un reputado científico formado en la extinta Unión Soviética, el cual investigaba la muerte y trabajaba en un proyecto mundial de resucitación, habiendo conseguido antes  notables éxitos con animales. Yo no sabía si sonreír, enfadarme por el misterio con que me había conducido hasta allí, o salir corriendo. Pero la curiosidad me retuvo, queriendo ver el final de aquella farsa. Como me encontraba algo histérico, aduje que una cosa era  los experimentos con bestias y conseguir alguna reacción de tipo nervioso y otra bien distinta aquel propósito con humanos. Pero mi incertidumbre aumentó cuando me dijo: “¡También! ¡También!. Ten paciencia”. A lo que contra-objeté: “¿Y tú qué sabes?”, escuchando de sus labios: “¡Te lo digo yo!,” reafirmándose, aunque sin poder ser más explícito ante la inquietante y penetrante mirada del sabio.

Aquél parecía el cuerpo de un mendigo. Personas que malviven y acaban reventándoles el hígado de tanto tetrabrik de vino peleón, o hastiados de la vida terminan por arrojarse por un puente.

Molokov retiró la sábana que lo cubría, dejando su cuerpo al desnudo. No debía hacer mucho que se había apagado su vida y, para verificar su estado- yo creo que fue una exhibición para impresionarme- le untó con crema, conectó unos electrodos y le aplicó una descarga eléctrica. Al notarla, los músculos reaccionaron como si quisieran saltar del interior del cuerpo (fue inevitable que me remontase a la niñez, cuando una Navidad degollaron en casa a un hermoso pollo, y decapitado dio un   brinco, desparramándose la sangre a borbotones, alcanzando el techo), y, observándolo con detalle, me sobresalté.
El docto me miró displicente y me dijo:
-          La homeostasis se ocupa de las variaciones de la temperatura en los organismos que aún conservan vida. Es evidente que este hombre está muerto, pero no lleva mucho tiempo, pues la musculatura ha respondido al estímulo. Pronto se advertirán en él los cambios postmortem. Primero, la rigidez de la cara. Después, sobrevendrá a brazos y tórax, hasta alcanzar las piernas, y antes de las veinticuatro horas será completa. La autolisis, es decir, la devastación de los tejidos, hará el resto. Finalmente, cuando esté completamente destruido se iniciará la putrefacción. ¡Yo lo evitaré!
-          ¿Cómo…?- balbucí estupefacto.
-          Resucitándolo.

Al escucharle hablar con tanta convicción, sentí un espasmo. Pero, haciendo de tripas corazón, asentí, invitándole a proseguir.
-          Esto es la visión de lo que nos ha de pasar a cada uno de nosotros. Sin embargo, la misión de la ciencia es investigarlo todo, incluso al peor de los males que es la muerte. Porque el proceso de la muerte no es sólo lo que usted contempla ahora, sino sobre todo la desesperanza de eso que llamamos “espíritu” o “alma” y que yo prefiero denominar como “conciencia”; y es que, al morir enterramos para siempre el deseo de vivir. A la aniquilación material se ha de añadir la destrucción del “ser”. Si nacemos para vivir, si la vida impregna toda nuestra persona ¿por qué hemos de morir? ¿Qué contradicción de la naturaleza es esta? ¿Qué imagen de dioses somos si acabamos convertidos en gusanos, auto-devorándonos la corrupción de un sepulcro?

En tanto pronunciaba su discurso material-metafísico, Molokov hizo una indicación a su esquelético ayudante, el cual le proporcionó un frasco con un componente desconocido, carente de etiqueta alguna, figurándome  que debía ser de su invención, así como una jeringuilla dotada de una aguja extremadamente  larga. Luego, fue pinchándole en diferentes zonas del cuerpo el compuesto- me aclaró que era celular- y poco a poco fue atenuándose el rigor mortis. Finalmente, le practicó una pequeña trepanación e introdujo el catéter por el orificio, penetrando a través del mismo la solución. Confieso que me asusté al verle mover las manos y recuperar paulatinamente el color perdido. Pero cuando realmente casi me desmayo, fue al verificar que, siguiendo su mandato, como aquel Lázaro que volvió a la vida- no me gusta la comparación, y todo lo visto, aún pasando por el tamiz de mis propios ojos, me resulta un acto de brujería- le ordenó con voz  autoritaria que se levantase.

Mis ojos expresaron el espanto. No así mi amigo, ni el científico, que se frotaba las manos de satisfacción, seguro de que acabaría siendo reconocido por la Academia de las Ciencias, y también por la propia humanidad. Vencido el aguijón de la aniquilación, el peor de los males temidos por los hombres, todo se reduciría a un pesado sueño. Entonces, me decidí a preguntarle.
-          Estoy sorprendido, Profesor. Pero, dígame ¿qué sucede después de experimentar volver a la vida tras el hecho biológico de la muerte? ¿Cómo ha de reaccionar el resucitado?

El lumbrera miró a mi amigo. Era evidente su complicidad. Al punto,  me dijo con tono paternal, que aunque había dado el primer paso, todo era mejorable. Ciertamente, había recuperado la materia muerta, transformándola en viva y para ello las nuevas células eran las artífices. Estaba en condiciones de resucitar el envoltorio humano, no así el espíritu.
-          Lo hombres a los que resucito- me confesó- recuperan el cuerpo, pero no el alma. Todavía no estoy en condiciones de volver a traerles la sustancia de la sensibilidad: en una palabra, el recreo de la belleza que representa el arte. Para eso tendremos que aguardar. Estos son los albores.

Guardó silencio durante unos segundos, quedando yo pasmado. Mi testa estaba convulsionada y  comenzaba a comprender. Y echándole la mano por encima de su  hombro  lo apartó de mí y se lo llevó al otro extremo de la sala, cuchicheándole, a la par  que el resucitado bostezaba con cara de lelo.
-          ¿Le ha dicho usted que?- me pareció escuchar.

Cuando regresaron al lugar en el que me habían dejado, encontraron que yo ya no estaba allí. Apresuradamente salí de aquel Instituto de la resucitación, en tanto que mis neuronas hervían en busca de alguna explicación a lo sucedido. Era lo que había experimentado mi amigo cuando fue sorprendido por la crisis que le condujo hasta la muerte, deduciendo que previamente debía de tener  contratado los servicios de Molokov para el caso de que fuese necesaria su reanimación corporal. Corporal, sí, porque, como pude comprobar, había perdido cuando lo encontré su interés por la belleza y lo sensible. Un hombre que se recreaba en la admiración por el arte, había quedado relegado a la condición de la insensibilidad. Y eso se me antojaba tanto como vender su alma. Yo, aunque amaba la vida, prefería ser una persona, con sus limitaciones en el tiempo, sí, pero tal como la naturaleza me había creado. Hombre y no medio hombre.  No me agradaba la posibilidad de llegar a convertirme en un autómata.

Ya no volvimos a vernos. No sé si volvió a tener una segunda muerte y una nueva resucitación. Tampoco me importa. Yo prefiero seguir siendo yo mismo. Una persona con toda la acepción de la palabra. Aunque con la limitación que impone Cronos, con cuerpo y alma.

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
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sábado, 9 de febrero de 2019

SIEMBRA, Favio Ceballos, Granadero Baigorria, Santa Fe, Argentina

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SIEMBRA

Si digo sublime
minimizó hasta el hartazgo
al tenaz gusano.
Si digo valiente
me confieso primero
y desdeño la frescura
de la sombra... piadosa.
Si no te pronuncio y te niego, balbuceo solamente una oda inconclusa y me pierdo
en el rumbo fijo del florecer.
Amanece,
no es poco
y esta ruindad del ser,
que se agazapa,
me disipa la eternidad
en los mecanismos pactados del florecer.
Vuelvo a ti que sabes escuchar
lo que se ofrece.
Y es la misión la que sostiene
la encarnadura pulida al sol.
No respondas más,
lo interrogado no es lo esencial.
Si digo tu nombre
la dualidad se desvanece.
En mi mano digo una semilla
y siento la respiración del bosque.
Toma mi mano frutecida del verbo
y dime tú Silencio de primavera
en la hora que no muere.
Lo que guardas no espera. Despiertas y amanezco.
Es hora de sembrar otro desierto.


©FAVIO CEBALLOS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINO

PODERES, Soledad Vignolo, Junín, Buenos Aires, Argentina

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PODERES

En el pueblo lo llamaban Tata, nadie sabía por qué. Tata tenía buena suerte, era querido, de vez en cuando lo abrazaban, alguna vez fue feliz y en un momento dado sintió que el mundo le pertenecía. Sí, el mundo, con toda su indiferencia y bipolaridad. Al fin de cuentas uno construye su propia realidad en base a ficciones cotidianas. ¿O qué pensás que es tu vida?. Una suma tolerable de mentiras que se transforman en tu pos verdad. Y la de Tata era ésa. Y punto.
            En el pueblo no vivía mucha gente. Manzanero se había creado en torno a una estación ferroviaria de carga y descarga y las casas eran siete. La del guarda, que seguía viviendo allí a los noventa años con sus nietos Jerónimo y Rosa, y las de los capataces de la estancia Las Potras. Rubén, Don Tito, Claudia Ramos y Raquel David vivían en la estancia. Los patrones venían dos veces por año a fiscalizar
_ Vienen y chusmean todo y se van- decía Don Tito a viva voz.
            Había una sola calle mejorada y era la que más le gustaba a Tata. Iba y venía a diario por ella contando las piedras y suspirando. Una vez cayó y se raspó el codo y decidió no curarse nunca. Si se hacía cáscara la arrancaba. Si sanaba raspaba la herida en la calle para volver a verse bien. Con sangre. Humano. Porque Tata tenía algunas dudas sobre su procedencia. No tenía padres ni hermanos ni familia. Nada. Y nadie sabía muy bien de dónde salió.
            Para que no olvidaran su existencia Tata cantaba mientras pasaba por las siete casas pobladas y si llegaba a la entrada de la estancia silbaba fuerte. Un día Don Tito le respondió. Aunque un bicho feo silbaba igual que Don Tito. Pero él decidió que era una respuesta. Y ya.
            Al atardecer, Tata emprendía una búsqueda frenética del día, porque la noche era la muerte. Con la noche desaparecían los sueños, los árboles se volvían sombra y las casas dejaban de ser. La noche creaba fantasmas que trepaban los cables y las antenas de televisión digital. Se transformaba en un cúmulo de miedos terrenos, y en ocasiones hasta el lucero partía su luz en múltiples umbrías que lo aterraban. Y entonces para que lo diurno permanezca, Tata cantaba a los gritos y corría desenfrenado por Manzanero como si el diablo lo persiguiera.
            Tata murió sonriendo, de día, a los cuarenta y seis años.
No tiene tumba, nadie sabe bien que se hizo de su cuerpo. Don Tito sigue igual, Rubén Claudia Ramos, Raquel David, siguen idénticas. El guarda y sus nietos Jerónimo y Rosa no cambiaron. La estancia Las Potras quedó intacta. Y Manzanero es el único pueblo del mundo donde el tiempo no pasa y la noche no llega.

©SOLEDAD VIGNOLO, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

LUNA DE CARAMELO, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

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LUNA DE CARAMELO

 A todos mis queridos amigos en el Maná de la Palabra, hacia la sempiterna Natividad del Verbo de Luz y Amor, encarnado para nuestra salvación y la del universo entero…
 En especial, al talentosa y admirado escritor argentino Norberto Pannone, Presidente de ASOLAPO-ARGENTINA: colega, amiga y hermana en la Fe y Humanidad…
 … Abrazados todos en el Puerto del Arte Literario, enclavado en el Archipiélago del Reino de la Imaginación Creadora, circuido por el Océano de la vida para la Vida, y como Pájaros mansos pero libertarios y audaces, lanzados en vuelos de Paz hacia una fraterna Comunidad Cósmica…Con sincero afecto crístico, mariano, josefino, epifánico y estival…

Adrián N. Escudero (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina – Enero de 2019 – En Verano y Octava de Navidad, estaciones del Amor y de la Luz).-


 “El que obra, conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Juan 3, 21)






EL UNO

   Ahora (recuerdo), un 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, la tierna Poeta santafesina, Marta Goddio, escribió una suerte de poema o bella prosa poética que, en su cantar, decía que…

   Dice mi niña que…
   Dice mi niña que la Luna, que esta Luna embarazada de amores nuevos, es una luna de caramelo.
   Que podemos subir a ella si nos animamos a hacer una escalerita juntando de a dos las manos.
   Dice mi niña que hay que hacer la prueba, que hay que animarse, porque de esta escalera nadie se cae. Tan segura lo dice, que yo le creo…
   Parece que es una escalerita invisible, de manos trenzadas con  la fuerza del misterio.  De a dos.
   Entonces, dice mi niña, que es muy  fácil: en silenciosa  complicidad esperamos que lleguen los amigos. Esos que también saben que esta Luna es una Luna de caramelo embarazada de amores nuevos.
   Dice mi niña que hay que hacer el esfuerzo de subir el primer escalón, porque a veces están un poco altos los brazos de los amigos que nos esperan para que apoyemos nuestros talones.
   Y dice mi niña, que también hay que tener paciencia, y ser fuertes, para ayudar a quienes nos sostuvieron a que también puedan subir.
   Allá arriba, hay otros amigos que nos esperan, en el lado de la Luz, no en el de la oscuridad, con los brazos de par en par   para recibirnos en abrazos azules y celebrar, y reír…con la alegría de  saborear esta Luna toda para nosotros compartida.
   Entonces comprendo por qué esta Luna, que es de caramelo, y está embarazada de amores nuevos, esta noche brilla tanto.
   Entiendo por qué estoy aquí, cruzando mis pulgares, transformando en alitas las manos, trenzándolas vaya uno a saber con quién, para que vos puedas hacer pie y subir hasta llegar a su centro más brillante.
                                                                    
   Y entonces, luego de entonarla, un humilde escriba atrincherado tras la ventana rugosa y abierta de su botica de autor, enclavada sobre la cota más alta de aquella campesina ciudad llamada Argenta de la Santa Fe, brotada no de la sal medicinal de los mares oceánicos sino de la incómoda y enfermiza humedad que transpiran sus lagunas y esteros envolventes y coloreados por el pasto agreste desde donde salían, disparados a diario y como fuegos de artificio, teros y benteveos chillones…, oró, pensó y escribió…

   (… al principio, como impotente, tras el agobio de un tiempo demasiado luminoso para su cuerpo blanco y opaco de encierros literarios…, como impotente, decía, de expresar sus sentimientos azuzados con el talento que sólo alguien Poeta, como ella, podía poseer para captar las esencias de lo temporal e intemporal del cosmos, y ofrendarlo en sublime parábola acerca de los infinitos mundos paralelos que equidistan el complejo entorno de la llamada “realidad”, y que agitan la conciencia y el corazón del hombre a fuer de impensado e imprevisto actor –ora consciente ora inconsciente- en la comedia de existir, para experimentar la teatral -por lo sobrenatural- lucha que ensayan y ejecutan el bien y el mal -como misterio del Misterio que ha hecho todas cosas-, en ese eficaz destierro -apelado “vida”- purificador del libre albedrío, inteligencia y voluntad con que fuera gestado en singular designio de persona filial y semejante al Único que Es y Hace Ser)…

   … como neto y nato, exclusivo y excluyente narrador que era, prima facie y para desearle unas felices navidades y responder a su amiga en las letras, más o menos, como sigue:



EL DOS

   “MARTA: Bellísima metáfora que nos deja en el umbral mismo del Misterio de los misterios: Dios, pronto redivivo en estas Navidades. Y será su tibia y pequeña manita quien nos tome de las nuestras, con ternura de Padre y amor de Madre, para elevarnos a la Luz de tu Luna de caramelo… Porque está escrito. "Hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos"... Una manita que luego, desde un sangriento madero, se transformará en Abrazo abierto a toda la Humanidad que desee rendirse al Amor verdadero para ser verdaderamente feliz; y que, por un hueco de voz transida por el sufrimiento y la ofrenda, prometerá desde su cruz salvadora que…: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí".

   Después, el ignoto escritor de naderías transformó sus apuntes febriles en un acuciante relato metafísico, lo plantó en Word, y, haciendo “clic” en “Enviar al destinatario”, lo remitió a su angelical amiga con el siguiente pedido: “Querida Marta, Vate de las Esencias: acabo de leer tu poema “Dice mi niña que…”, y he sido impulsado fuertemente a escribir una suerte de micro relato, aherrojado metafísicamente -por sus arraigos celestiales- y que llevo de inmediato a tu consideración. Ello, a fin de que autorices o no su oportuna publicación, pues, dicho poema, es parte sustancial del escrito de marras, y al cual he titulado, en Su (tu) homenaje: LUNA DE CARAMELO.  Agradecido desde ya por tu mágica ofrenda espiritual, te dejo un fraternal abrazo en tanto, ansioso, desespero de una súbita y grata respuesta de tu parte. Adrián”.-

   Por último, el hombrecillo pequeño como un duende y de pelaje entrecano, casi ciego, llamado casualmente Nic… - sshhhh; ¡espera!, ¡espera! déjalo para el final- archivó el documento y el correo enviado en su directorio de enviados electrónicos –y a la deseada vuelta de un mariano sí en torno a su particular pedido-, mientras que, como en puntas de pie, con beata levedad, caminó hacia la secreta puerta translúcida que vibraba ahora frente a él y en su bibliotecario hábitat casero, y, sin que nadie diera cuenta de la especie de silueta sacerdotal que comenzó a envolverlo y lo imbuía en un todo como a una sombra de las paredes del claustro, de pronto, el hombrecillo desapareció… Y fue como esa sombra de movimientos nocturnos y noctámbulos, sin ecos profanos, transitando allá, detrás y después del Mundo, los atrios de un umbrío Monasterio oculto en el latido de una desconocida, blanca y luminosa ciudad virtual…

   … Ciudad virtual que, al descorrer las etéreas cortinas de aquella especie de pórtico y ventana abierta como una amplia y lúcida plegaria -y cuyos postigos daban a la vez, y por ser parte del latido existencial de lo mágico, hacia ella- se volvió como a la calle ancha de un céntrico y nocturno barrio recoleto de brillantes farolas y fachadas neoclásicas, enclavado en el mismísimo Polo Ártico (Mirando al Norte) y/o, al mismo tiempo, como entrecruzadas dimensionalmente, a una calle estrecha y polvorienta de una restaurada villa de emergencia del Polo Antártico (Mirando al Sur), mientras alzaba la vista con sensible rubor de Obispo vestido de rojo-rojo, enamorado -como su tal Niño de Belén- de todos los chicos, y no sólo del mundo que lo cobijaba, sino de todo, de todo el Universo todo…; mientras leía y releía setenta veces siete -con una sonrisa generosa (llana y llena) como esa luna (llena y llana) de Nochebuena que brillaba en lo alto cual estrella mesiánica-, aquel poema o prosa poética que una barda amiga había escrito para él..

   Sí, afirmó: Ahora recuerdo (como todos los años desde aquel entonces), a aquel 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, que…

   Porque asimismo estaba escrito: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran Luz” Y “lo eterno entra en el tiempo y el tiempo comienza a ser camino de eternidad”…

   Entonces, “Dice mi niña que…”, ese texto dócil y polifónico que, nuevamente ahora, obraba en sus trabajosas y tiernas manos de Papá Noel, sería trastrocado de su primitiva armadura de tinta y papel -por la Palabra Esencial que lo embargaba-, en demiúrgica escalera de fe elevada hasta La Gruta Rústica de lo Inefable, para llevarlo en andas, como litúrgicamente, y paso a paso, rito a rito y sacramento a sacramento, entre nubes de puro albur, hacia el inescrutable Misterio invocado por la mítica ciudad davídica donde se edificaría el primer cenáculo, el primer relicario donde un Niño en Llanto ofrecería al mundo su Maná para los Ángeles…

   … Ello, con la seguridad de los que creen poder restaurar almas, sanar heridas y, acortando distancias y horizontes de utopía, tocar el Cielo con las manos y estrecharlas, al fin, con las de aquel Dios Abba simple, curioso y amable, como ese Niño en Llanto (y luego Grande, Pasionario, Absolvedor y coronado en Gloria) también asomado desde el hedor manso y la animal (cálida) clemencia de un establo helado, mas sobre “otra” ventana ya no traslúcida sino enmaderada y palpable:…

   … la de su gandhiano Portal de Belén-Casa del Pan de Judá (o Ciudad Sin Murallas-Ciudad de Quien sería Pan de Vida para la Vida del Mundo), y que después de la leche tibia de su cordera y virgen Madre (frágil doncella hebrea), y del consecuente refugio tan heroico como carnal del pudoroso José, sonreiría hipostado de gozo al ver las cosas que sus criaturas favoritas (las pequeñas) eran capaces de hacer (humanizándose en silencio contemplativo y garabateando sin darse cuenta las primicias de una historia, de un evento inaccesible a la razón, como argamasa edificada sobre Roca firme, una verdad de fe fundada con tiernas señales en los humildes de corazón), para encontrarse, abrazarse y alabar juntos a Dios, en su corral de benigno Cordero Mesiánico (Providente Pastor de Hombres y Misericordioso Libertador de Egos), a fin de dialogar…

   … Dialogar con la sabiduría de la mundana ausencia, con el aliento de un racimo del Hebrón, con los suspiros de patriarcas y profetas, y la solitaria orfandad de periféricos, llanos, vulnerables y postrados jóvenes alcoholizados, de apestados, hambrientos y drogadictos niños olvidados, y de ancianos descartados como flores muertas de vientres y mujeres llagadas y abortadas por la violencia, y devenidos -para la ocasión- en arcanos cuando no maquillados pastores modelados -como muñecos de cera- por el consumismo hedónico de un mundo en tinieblas, que necesita –aprisa- reconciliarse consigo mismo y con Dios para dialogar… Dialogar, por un instante siquiera, y confiada, serena, amorosa y filialmente… con Él. 



Y… EL TRES

   Afuera, tras la puerta-ventana oblonga y traslúcida de la botica de escritor de aquel hombrecillo pequeño, sutil como un duende y de pelaje entrecano y casi ciego, convivía en su doble personalidad un Obispo de Rojo llamado, ya no, casualmente… Nicolás… -¡Yaaa!¡Ahora sí que es hora de revelar su nombre!-, al cabo san Nicolás de Bari -bautizado Papá Noel- que deambulaba todas las noches de todos los días -hasta esa Noche Especial en que, agobiado de tomar nota como testigo de los tiempos, salía a poner pájaros de caramelo en los labios estremecidos de los niños, bajo una luna a veces de caramelo y a veces oculta de brillo por la abominación del mal que sacudía la tierra- por o en una ciudad inaccesible…

   … Una villa citadina feudal e infranqueable, donde algunos seres humanos vivían encerrados, atenazados y confiados en su propio poder para ser felices…; y, al mismo tiempo, por (o en) otra ciudad sumergida en la anterior y transitada en el espacio-tiempo con su poder bilocativo…: una villa citadina también ésta pero que pugnaba por su accesibilidad, y era tan feudal e infranqueable, porque quienes moraban en ella lo hacían hacinados, prisioneros y arrastrados hacia la súbita esperanza de una limosna mezquina o de un trabajo precario y jugados -en su marginal soledad- como a la buena de Dios… De un buen Dios que veía especialmente en esos hombres al cuerpo colectivo y martirizado de su Hijo más querido, y al que había entregado en Cruz para expiar su necedad, y enseñarles lo que en verdad significaba amarse los unos a los otros como Él los amaba…

   (…)
  
   Y también afuera –lo confieso-, pero como unos tres mil años después, sobre selectas veredas lustradas y formateada geométricamente por el Gran Hermano y Señor de Relaciones Públicas que gobernaba al Mundo y para quien el Poder no era un medio sino un fin en sí mismo, un sensible Poema navideño titulado “Dice mi niña que…”, era capturado por los soldados del pecado, el error, la ignorancia y la indiferencia, de un vetusto archivo de ciudad Argenta y en su apergaminada pero aún fuerte fibra de notas esenciales e invisibles a los ojos de la carne, y que parecía estar perdiendo –finalmente- el buen combate contra los Cuatro Jinetes del bíblico Apocalipsis…

    Sí, absorbido de lleno por el hacendoso quehacer de un eficiente robot culinario que gorjeaba y titilaba en su maliciosa porfía con aquel –ahora- desecho de papel entintado y estropeado, el Poema estrujado en su materia y zozobrado en la utópica identidad de haber deseado ser, alguna vez, mensajera parte de una botella noble y justa arrojada al mar de las más bellas, buenas y verdaderas intenciones, se difuminaba sin retorno aunque sin dejar de ser una semilla llevada por el viento de los tiempos hacia la…

   Más, estaba claro, como una noche de luna, y oscuro como una noche sin Ella, que sólo cuando una (mí, nuestra) Luna de Caramelo supiera brillar por sí misma, entonces, y sólo entonces el Mundo y los hombres…

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA